lunes, 22 de mayo de 2017

Adolescentes afortunados, padres desafortunados (¿o es al revés?)


Perdonen mi ausencia durante la última semana. Anduve por tierras zamoranas con una caterva de alumnos y mi atención no daba para más. Afortunadamente la cosa fue bien (¡Qué descanso!) y hoy puedo puedo empezar de nuevo a darles la tabarra con estos libros míos, aunque sea a expensas de mis estudiantes, esos que me inspiran no pocas veces....
Por fortuna o por desgracia, tratar con adolescentes da mucho quehacer. Mientras que a los niños les hace carantoñas todo el mundo, a los púberes nadie las hace caso. Achacando que lo suyo es insoportable (cosa que es verdad, ¿para qué vamos a mentir?), la sociedad se deshace en remilgos y los deja de lado. Con un carácter a caballo entre pequeños y grandes (transicional lo llaman), los jóvenes de este país, querámoslo o no, son un problema menor. Lo que acabo de llamar “imposibles invisibles”, algo que no es excusa para intentar entenderlos. ¿Padres? ¿Profesores? A ver quiénes son los guapos que se atreven...


Padres, como hijos, hay de todas clases... Unos, más que hartos, no saben qué hacer con los descarrilados (“A ver si tú, Román, hablas con él, que a mí, ni caso...” Y yo, sigo flipando), mientras otros, ignorantes, viven en la inopia (“Román, de verdad de la buena, que estudia un montón, ¡se pasa todo el santo día metido en su cuarto!”). También están los desconfiados (“¡Como me enteré de que falta un día a clase, la engancho del moño y la arrastro!” dijo la madre, y en el baño del instituto, la hija, de un ataque de pánico, en las venas se hizo un tajo -verídico y sin exagerar-), los orgullosos (“El otro día se vino mi hijo a una capea y ¡no veas! El campeón toreo una becerra ¡y a un par de chavalas! ¡Ese es mi niño! ¡Ole, ole y ole! ¡'Puto arte!”) y los buenos amigos (¿Que mi hijo quiere un cigarro? ¡Toma un paquete! ¿Que mi niño quiere un cubata? De eso nada, ¡que sean diez!)...


Mientras, los profesores, esos que dejamos a un lado los paños calientes y las vendas oculares, damos buena cuenta de que los adolescentes siguen siendo los mismos inexpertos, los mismos incomprendidos que éramos nosotros. De que nadie les escucha (¿Quién lo diría? Sobre todo cuando los llevas de excursión, te enganchan y no te sueltan...) pero todos quieren captar su atención (las primeras, las marcas comerciales, y los segundos, los políticos). De que sus problemas no son importantes aunque les condicionen el resto de la vida. De que, en medio de la travesura y la pillería, sólo quieren que los quieran. Como a todos los humanos.


Eso debió pensar Remy Charlip, el artista multicisciplinar (de todo hizo este señor: bailarín, coreógrafo e ilustrador, y que además posó como modelo para que Brian Selznick diera vida al personajes de George Mèliés en su premiado libro La invención de Hugo Cabret, una obra que también se le dedicó) cuando ideó Afortunadamente, un libro de dichas y desdichas infantiles que, gracias al cielo y como bien dice su título, acaba de rescatar la editorial Lata de Sal en su colección Vintage para que demos buena cuenta que todas las venturas tienen una parte de desventura. En él, su autor, además de hacer hincapié en una secuencia rítmica de fortunas y contratiempos, de color y blanco y negro (vean como alternativamente aparecen las páginas grises y nubladas), de luz y oscuridad, nos presenta la historia de un niño que ha sido invitado a una fiesta y que, con una mezcla de humor, ingenio y sinsentido, acaba topándose con una grata sorpresa.
Así que hoy y para empezar la semana con dicotomía y dicha, recomiendo este libro dirigido a los niños a todos aquellos padres de quinceañeros que esperan (desesperados algunos) que terminen el acné, los cambios de humor desorbitados, y las discusiones, porque, afortunada o desafortunadamente, es lo que toca.


2 comentarios:

miriabad dijo...

Es lo que toca. Pero, nos toca aguantar lo que otro aguantaron primero.

Román Belmonte dijo...

Y si no aguantas, ¡haberlo pensado antes! jejejeje

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